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Andrea Mendoza te lleva a vivir la experiencia de estar a metros de un bisonte.
Estilo y Vida

Andrea Mendoza te lleva a vivir la experiencia de estar a metros de un bisonte

La travel blogger Andrea Mendoza nos narra la maravillosa experiencia de visitar el Parque Nacional Elk Island

por La Verdad

Andrea Mendoza te lleva a vivir la experiencia de estar a metros de un bisonte.

Andrea Mendoza te lleva a vivir la experiencia de estar a metros de un bisonte.

La travelblogger Andrea Mendoza en su colaboración para Estilo y Vida de laverdadnoticias.com nos comparte uno de sus viajes a Edmonton, Canadá, especialmente sobre su bella experiencia con el bisonte en el Parque Nacional Elk Island.

Pasan sobre el vidrio de la camioneta cientos de bisontes que, incluso con la rapidez con la que se estampan en la ventana, se ven imponentes. La carretera que lleva al Parque Nacional Elk Island en Edmonton, Canadá, se pierde hacia adelante y hacia atrás. Ese camino gris en el que irrumpen los coches tiene a los costados miles de hectáreas con todos los tonos verdes que la naturaleza puede ofrecer y, entre esos verdes, cientos de bisontes que ignoran a los autos.

La camioneta para y se orilla: Jeremy Derksen, el conductor que también es el guía, dice que quien quiera puede bajar y acercarse un poco a los animales. Desciendo y camino directo hacia un grupo de ellos. Una reja me separa de la majestuosidad, el bisonte que supera al menos diez veces mi peso ni siquiera ha advertido mi presencia y yo, que permanezco en silencio, trato de guardar cada detalle. Ignoro cuánto tiempo pasó desde que el auto paró pero la voz del conductor se atraviesa y volvemos a ponernos en marcha.

Foto: Andrea Mendoza.

Cuando llegamos al Parque Nacional Elk Island se respira ese aire limpio que ninguna ciudad posee. Otros tantos tonos de verde se apilan sobre mis pupilas. Caminamos directo hacia una cabaña, ahí nos espera una guía del parque. Entre otras cosas, en la cabaña hay cráneos y fotos viejas, una de ellas –la que todo el grupo observa– data de hace unos 200 años. Sobre el papel en blanco y negro hay dos cazadores y una montaña de huesos de bisontes. La guía habla de la caza masiva de estos animales y de cómo el humano los llevó al borde de la extinción. Seguimos caminando hasta que llegamos al sitio donde cada bisonte de la reserva es revisado periódicamente por veterinarios especializados y, tras una hora, ponemos los pies de nuevo sobre el piso del vehículo que nos conduce.

Vengo con la cabeza metida en la pantalla de celular cuando la camioneta para abruptamente. Alzo la cara, un grupo de bisontes esta cruzando la calle justo frente a nosotros, apenas a metros. Rompe el silencio una voz asustada que pregunta si es seguro estar tan cerca de la manada. Jeremy toma un respiro y pregunta, por segunda ocasión en el día, si queremos bajar. Todavía atemorizados pero seguros todos respondemos que sí. Las reglas son muy claras: no hacer ruido, no hacer movimientos rápidos, guardar la calma si alguno de los animales se acerca, no correr. Mis suelas se pegan al piso, mi celular se mueve al ritmo del temblor que tienen mis manos, para este punto, el movimiento puede estar provocado tanto por el frío como por el nerviosismo.

Foto: Andrea Mendoza.

Estamos en el mismo espacio que ellos, esta vez no hay ninguna reja que nos separe y la majestuosidad de la que presumían los bisontes se convierte en imposición. Es evidente que han notado nuestra presencia pues sutilmente pasan a los más jóvenes al centro del grupo. Nos acercamos sólo un poco más y algunos bisontes hacen lo mismo hacia nosotros. En este momento no se sabe qué especie tiene más curiosidad en la otra. Nos olfatean a una distancia mínima, voltean. Tomamos fotos, dejamos de utilizar el zoom de las cámaras pues la separación es casi nula.

Están ahí, a dos pasos y un brazo de distancia, algunos de los cientos de bisontes que hace unas horas parecían infinitos, inalcanzables. Se alcanza a escuchar el pasar del aire entre sus fosas nasales, la piel se les percibe gruesa, distingo los diferentes cobrizos de su pelaje, la porosidad de sus cuernos y esos enormes ojos que siento que también me miran. Sus patas avanzan lento entre el bosque y el pavimento, a cada paso que dan se distinguen los músculos de sus enormes cuerpos.

Foto: Andrea Mendoza

El olor a hojas secas y tierra mojada se mezcla con el aroma que despiden los gigantes. Seguimos quietos y callados mientras ellos continúan el peregrinaje. Más tarde estamos de nuevo sobre el pavimento y, mientras veo las fotos del acercamiento que tuve con ellos, no puedo creer que la ambición humana estuvo a punto de privarme de esta experiencia tan fortuita.  

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