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Ésta columna va sin título
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Ésta columna va sin título

Adalberto Pereira

Es diseñador en LA VERDAD

Facebook: @betushio

por AdalbertoPereira

Ésta columna va sin título

Ésta columna va sin título

Aquella noche levanté el rostro para mirar al cielo. En ella encontré solo una oscuridad profunda, sin destellos de luz de ninguna estrella, sin luces de aviones volando a través de ella, e incluso ignore aquellas lámparas amarillas que suelen iluminar mi calle.

Había sido la primera vez que el cielo me parecía un lugar totalmente vacío. Inerte de vida, de objetos en ella, ni de pensamientos que la recorrieran en su vastedad.

Jamás había pensado esto hasta ahora. El concepto de cielo acaba de cambiar, a tan solo unos instantes de haber escuchado lo que para mí fué la rotura de corazón más ruidosa en mi existir.

Expresar a veces de forma escrita el sentimiento fresco o escribir teniendo que recordar, lo que jamás hubiésemos querido tener la dicha de saber y enterarnos, puede resultar ser altamente doloroso. Haré lo que pueda para no decaer en el intento. Pero aunque intente mantener en pie la sobriedad de mi mente, me embriaga la noticia que subsecuentó aquella noche que te fuiste, o mejor contexto, que te llevaron.

Todo puede, y a la vez no, estar enlazado. Algo o alguien pudo ser la diferencia y haber cambiado el suceso del hecho, ¡pero vaya! ¿Por qué la rabia nos hace querer buscar culpables?

Si has llegado a este punto, te recomiendo leer una columna como preámbulo a esta, titulada “Sin dejar rastro desapareció un amor platónico”.

Después que sus amigos la dejaron en la puerta de su casa, una auto yacía esperando unos metros atrás. Dos tipos la interceptaron camino a su puerta y forcejearon para subirla al vehículo. Aquella parecía ser una madrugada solitaria, ‘aparentemente’. Última noche que alguien supo de ella.

Casi dos meses después, el remordimiento desbordó su capacidad y fuerza humana. Su ideal se veía sobrepasada por el sentimiento que ahogaba su necesidad de hacer lo correcto. Hablar, decirle a las personas interesadas, que esa madrugada ‘él’ presenció con la mirada, oculta de cualquier peligro, el instante que dió inicio a la obra de terror. Aquella en la que él y sus ojos serían pieza fundamental para terminar la incógnita de su paradero.

Confesó a las autoridades de su presencia la noche que se la llevaron. Avistó y reconoció a uno de los tipos que del auto provenían. Su ayuda logró hacer que dieran con él. Días después, atrapado e interrogado, lo hicieron hablar.

Está parte de la historia me duele escribirla.

Días después, con la ayuda del relato confesado por el #@$& criminal y asesino, el cadáver de una chica, morena, de cabello largo y negro, cuerpo moldeado y atlético, estatura media, joven, rondando los 25 años, fue encontrada en una bolsa en las lejanías de una montaña en Denver, donde había sido tirada, luego de ser violada por los dos tipos del auto, aquellos bastardos que terminaron su inhumana fechoría asfixiandola hasta su fallecimiento.

¡Malditos bastardos! La rabia inunda aquello que solía llamar alma y me enerva la aún existencia de aquellos tipos con vida.

La lejanía me mantuvo en una ignorancia absoluta sobre el tema, no conozco a su familia, quienes pudieron haberme facilitado información, solo una amiga que al final de todo  y con el tiempo fué la encargada de brindarme lo que ya sabía. Tardé para saber que ella siquiera ya había estado desaparecida por meses y lo mismo ahora que se la historia con su estrepitoso final.

Pensamos que el mundo se observa desde puntos de vista diferentes, que cosas así solo pasan en algunos lugares, pero parece que en todos los rincones siempre habrá la inmundicia de la maldad humana.

Amiga, jamás nos dijimos adiós, y no era el tiempo aún de hacerlo. Te hice promesas que ahora me veré en la obligación de no cumplir, porque ya no puedo ir a visitarte en vida. Me duele el corazón de saber la manera en que te fuiste, en la que te arrebataron la vida. Tu tiempo no era este, ni tu destino, pero ahora sólo me queda extrañarte y rezar porque algún día yo te pueda volver a ver en aquel lugar donde estés.

Fuiste mi amor platónico, supiste que te amaba, sabías que mi cariño era sincero y real a ti, consideré que fuiste la mejor persona que yo pudiera conocer y ahora lo afirmo.

Te amo L.H

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